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Cortar el hilo por lo más delgado: Infancia, delito y responsabilidad penal

Cada vez que hechos policiales involucran a niños, niñas y adolescentes, reaparece el debate sobre la edad mínima de responsabilidad penal. Qué muestran los datos, qué exige el marco jurídico y qué efectos produce el encierro temprano en la salud mental. Una sucesión de casos que involucran a niñas, niños y adolescentes en situaciones de vulnerabilidad volvió a sacudir a la Argentina en las últimas semanas. Desapariciones, homicidios, niños utilizados para el narcomenudeo, niñas para la explotación sexual, adolescentes atravesados por violencias múltiples que el sistema no supo, o no quiso, ver a tiempo. No son solo crónicas policiales, solo por salir a la luz de los medios. Son síntomas sociales que denuncian el deterioro de los sistemas de cuidado, prevención y protección y la urgente necesidad de una política de salvaguarda infantil de estándar internacional. Los servicios locales de todo el país se encuentran colapsados por las solicitudes de intervención que los trabajadores precarizados intentan dar respuesta sin tregua. Con esto quiero decir que los niños y niñas sin red en nuestro país cada vez piden más ayuda, pero no siempre logran conseguirla.  Pero esos no son los únicos hechos que involucran a adolescentes. Existen otros delitos que rara vez ingresan a la agenda pública y que, sin embargo, forman parte de la vida cotidiana de ciertos sectores sociales: robos y destrozos dentro de barrios privados que se resuelven en silencio, torturas y crueldades hacia animales naturalizadas como juegos, agresiones de índole sexual entre pares que no se denuncian, consumo, compra y venta de estupefacientes que no configuran delito porque ocurren bajo determinadas condiciones de clase. No todo lo que infringe la ley convoca castigo ni genera escándalo.  Los hechos policiales reactivaron el debate público, siempre agazapado y circular,  y encendieron alarmas que no son nuevas pero reaparecen cada vez que la infancia ingresa en la agenda cuando ya ha sido dañada o está en una posición victimaria. Volvió a instalarse con fuerza una respuesta conocida: la baja de la edad de punibilidad. Esto significa en Argentina bajar el piso de edad, ahora ubicada en 16 años, a 14 años y algunos proyectos más radicales proponen a 12.  En Argentina, la Constitución Nacional otorga jerarquía constitucional a tratados como la Convención sobre los Derechos del Niño. Ese marco obliga a un sistema penal juvenil especializado y estrictamente diferenciado del de adultos: tribunales específicos, procedimientos orientados al desarrollo y prohibición absoluta de compartir lugares de detención con mayores. En tanto sujetos de derecho en desarrollo, rige el principio del interés superior del niño: las sanciones deben tener finalidad socioeducativa y la privación de la libertad ser siempre el último recurso. Bajar la edad de punibilidad contradice ese mandato constitucional al confundir castigo retributivo con justicia juvenil y sustituir la reintegración social por una respuesta penal temprana. Y también olvida que el problema comienza mucho antes que el delito ocurra y asume, erróneamente, que el castigo temprano pudiera reparar aquello que no fue cuidado ni sostenido a tiempo.  El país se divide entre “no a la baja” y “cárcel y castigo”. Mi posición, fundada en el conocimiento directo de las trayectorias infantiles atravesadas por la pobreza, la exclusión y la desprotección, es la primera. Sostengo “no a la baja” porque conozco de cerca a los niños y niñas privados de casi todo, que en realidad ni siquiera intentan desafiar la ley y el orden, sino que intentan tomar algo de lo que les fue negado simplemente por haber nacido bajo determinado cielo infernal. A veces, lo que hacen es gravísimo. Tan grave que duele escucharlo y te destroza el alma acompañar a los deudos de las víctimas, tanto como escuchar las historias de vida de los perpetradores infantiles. Pero es indispensable no perder de vista la dimensión real del fenómeno: los adolescentes en infracción con la ley penal representan menos del 0,1 % del total de jóvenes del país y, dentro de ese universo, los delitos graves son excepcionales. Nombrar estos datos no relativiza el daño ni el sufrimiento causado; impide convertir a una minoría ínfima en chivo expiatorio. Esto no implica una propuesta abolicionista, sino la necesidad de un régimen penal adolescente acorde a los compromisos asumidos con la infancia a nivel global. A continuación, algunos datos oficiales permiten dimensionar el alcance real del fenómeno: En 2023, solo 4.156 adolescentes estuvieron sujetos a medidas del sistema penal juvenil en todo el país. • La mayoría de las causas correspondió a delitos contra la propiedad (55,7 %), siendo el robo el más frecuente (55,5 %). En la provincia de Buenos Aires, de 1.036.696 investigaciones penales iniciadas en 2023, apenas el 2,24 % involucró a menores de edad. Según el relevamiento nacional de dispositivos penales juveniles (2023), había 1.927 adolescentes de 16 y 17 años alojados en establecimientos o incluidos en medidas territoriales del sistema penal juvenil. Los menores de 16 años (no punibles por edad) representaron el 1,1 % del total: 44 adolescentes. En términos poblacionales, los adolescentes en infracción con la ley penal representan menos del 0,1 % del total de jóvenes de 14 a 17 años del país, según proyecciones del INDEC para 2023. Ese número ínfimo, 0,1 %, ocupa, sin embargo, una centralidad desmesurada en la conversación pública, como si allí se condensara todo el peligro, toda la violencia y toda la amenaza social.  En ese clima, se repite una consigna que suena contundente pero simplifica hasta la distorsión: “delito de adultos, pena de adultos”. La idea de equiparar delitos cometidos por niños o adolescentes con delitos de personas adultas se presenta como sentido común, aun cuando los datos oficiales muestran que la inmensa mayoría de los delitos graves son cometidos por adultos y que la participación infanto juvenil es marginal en términos estadísticos. Además, la imputabilidad no refiere solo al acto cometido, sino a la capacidad psíquica y jurídica de una persona para comprender la criminalidad de ese acto y dirigir sus acciones, una condición que en la infancia y la adolescencia —por tratarse de sujetos

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Cristina ante la memoria

[Reseña del libro El invencible verano de Liliana] Por Laura Santos Terminé de leer El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, acostada en mi cama, debajo de una manta, con el brazo izquierdo entumido porque mi gato me abrazaba. Ay, Dios, qué libro tan triste dije en voz alta. A Liliana la mató un hombre que no quiso que viviera sin él. Treinta años después, Cristina, su hermana, decide investigar qué pasó. Viaja a la Ciudad de México para reconstruir la historia de Liliana, como si intentara impedir el asesinato. No estoy exagerando: es un libro que deberíamos leer todas las personas. El patriarcado mata. Nos mata a nosotras. Cada diez minutos, una mujer es asesinada por su pareja u otro miembro de la familia. Al terminarlo me quedó clara una cosa: la única diferencia entre Liliana y yo, entre Liliana y tú, es que no nos hemos encontrado con un asesino. Este no es un libro que pueda leerse como cualquier otro: es memoria, es duelo. Rivera Garza convoca a un acto íntimo y doloroso, pero también profundamente político. Poner a la víctima en el centro es una forma de resistir, una manera de disputar la narración que históricamente se les arrebató a las mujeres asesinadas. Al narrar la violencia de género, es habitual que el foco se desvíe hacia el agresor. Los violentos son figuras tan atractivas que parecen reclamar el centro de la escena. Cristina no cede a esa tentación. Se detiene en Liliana. La humaniza. Restituye lo que la violencia intentó borrar En la historia, lo primero que hace Cristina es buscar el expediente de su hermana, perdido entre estantes y trámites que nunca parecen llegar a nada. Ese camino la lleva a la indiferencia de los servidores públicos, a oficinas que desalientan, a la revictimización institucional que tantas familias conocen. En una segunda parte, abre las cajas de Liliana. Lee cartas, diarios, apuntes. Habla con amigas y amigos que todavía la recuerdan. Esta mujer asesinada va tomando cuerpo a través del recuerdo. Uno de los méritos más hondos del libro es su exploración del lenguaje. Rivera Garza analiza cómo en 1990 no existían las palabras necesarias para nombrar lo que había pasado. No existía “feminicidio”, ese concepto usado en México que hoy señala el asesinato de una mujer por razones de género y que permite reconocer la dimensión estructural de la violencia. Sin ese lenguaje, dice Cristina, la denuncia se fragmenta y la resistencia se vuelve más difícil. El duelo también ocupa un lugar crucial. Cristina ha dicho muchas veces que no cree que la literatura sea terapéutica, pero admite que escribir le permite compartir su dolor. No es una sanación, pero sí una forma de acompañamiento. A pesar de la tristeza que atraviesa toda la obra, hay un pulso de esperanza en el mensaje. Yo no pude apropiarlo. No después de leer las cifras locales. Hasta septiembre de 2025, el observatorio “Ahora que sí nos ven” registró 178 femicidios en Argentina. El 15 % de las víctimas había denunciado previamente. Rivera Garza, en el libro, se aferra a una frase que repite como un conjuro: “lo vamos a tumbar, al patriarcado lo vamos a tumbar”. ¿Lo vamos a tumbar?    

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Hacerle el juego a la derecha por izquierda

Por Sonia Almada 22 de octubre de 2025   Me senté frente a la computadora para seguir la sesión de la Comisión Bicameral de la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes. No esperaba ganar, justamente porque no soy militante de ningún partido. No imaginaba, sin embargo, lo que vendría. Confiaba al menos en algo de la transparencia tan resonada en la Cámara durante los tres meses que duró el concurso. Los participantes no fuimos invitados.  Algunos candidatos se reunieron en un bar cercano al Congreso para acompañarse en la espera. Y lo que vimos desde afuera fue una decisión tomada a puertas cerradas el 22 de septiembre, transmitida por Diputados TV en un espectáculo lamentable. El clima político en Argentina es turbio. El gobierno perdió por paliza la elección en la provincia de Buenos Aires y se acerca debilitado al 27 de octubre, con la pobreza creciente y escándalos como la criptomoneda Libra, las coimas en el área de discapacidad y discursos de odio cada vez más encendidos. Una oposición envalentonada, que disimula cohesión, y una sociedad golpeada y descreída de sus representantes completan el cuadro. La Defensoría, creada por la Ley 26.061 en 2005, fue concebida como un organismo autárquico con independencia para fiscalizar al Estado y exigir políticas públicas para la infancia. Se asemeja a figuras existentes en Europa, como la Coordinadora del Parlamento Europeo para los Derechos del Niño o el defensor de la infancia en Noruega. Su misión es clara: ser un faro autónomo, capaz de señalar fallas, proponer políticas y defender a quienes aún no tienen voz ni voto. Pero en lugar de cumplir esa función, quedó atrapada en la lógica de la rosca política. El proceso era evidente en la letra del reglamento: concurso público con cuatro etapas —antecedentes, examen escrito, plan de trabajo, audiencia pública—. En la práctica fue otra cosa.  Tras la destitución de Marisa Graham en junio de 2025, la Defensoría quedó acéfala. El gobierno demoró meses en conformar la Bicameral. No quería hacerlo, cuando lo hizo, convocó un concurso exprés, bajo presión política, sin debate real sobre el perfil que la Defensoría necesitaba. Nos inscribimos 231 personas. Quedamos 69 finalistas. Tres meses de trabajo a destajo: currículums, diagnósticos, exámenes jurídicos, planes quinquenales, audiencias públicas, adhesiones de organizaciones sociales, académicas y comunitarias. Un esfuerzo monumental en muy poco tiempo. Y todo para terminar convertidos en escenografía. El concurso nunca existió. Las irregularidades fueron inocultables. No se publicaron todos los currículums —con el insólito argumento de que algunos postulantes “no lo autorizaban”— cuando la transparencia es condición básica para un cargo público. Tampoco las adhesiones, requisito clave para mostrar respaldo institucional. Nunca supimos cómo se ponderó nuestro trabajo. La opacidad no fue negligencia, fue estrategia. La secretaría no contestaba los correos que enviábamos una y otra vez. Solo algunos recibieron comunicaciones aisladas con respuestas burocráticas. El resultado fue un orden de mérito que no evaluó: humilló. A quienes llevamos décadas trabajando en territorio y en la academia, nos dejaron afuera con un gesto de desprecio. El mensaje fue claro: a quienes exigimos transparencia, se nos castigó. El único que denunció lo que ocurría fue el diputado libertario Nicolás Mayoraz. No lo hizo por convicción en los derechos de la infancia, sino para jugar su propia partida política, ya que nunca antes había estado vinculado activamente a esa agenda. Señaló conflictos de interés y anticipó los nombres que aparecerían en la terna dos semanas antes de que se publicara. El resto de la Bicameral avaló la Resolución 12/2025 que consagró la maniobra. La constatación es brutal: Unión por la Patria y la Unión Cívica Radical, que deberían haber funcionado como contrapeso a un gobierno aterrador, terminaron haciéndole el juego a la derecha y actuaron como casta dura y pura. La operación estuvo conducida por la presidenta de la Bicameral, Natalia Sarapura (UCR, Jujuy), y el vicepresidente, Daniel Pablo Bensusán (UxP, La Pampa). Legisladores que garantizaron el reparto en nombre de una política que no defiende a la infancia, sino a sí misma. Afuera, organizaciones de la sociedad civil también lo denunciaron. ASAPMI, con 25 años de trayectoria en prevención del maltrato, advirtió que se eligió a personas sin experiencia probada en infancia, dejando afuera a candidaturas con trayectorias sólidas y nutridos respaldos. Mientras tanto, la Argentina real arde. El 45,4% de las niñas y los niños menores de 14 años son pobres. La pobreza infantil es el principal problema social del país. Y no se limita a ingresos: se agrava por déficits en vivienda, hábitat y servicios básicos. Incluso la medición oficial del INDEC es cuestionada: los números se discuten, pero la realidad en los barrios no admite discusión. A eso se suman hogares atravesados por la violencia, femicidios que dejan cada año a decenas de huérfanos invisibles, y ahora también narcofemicidios, más el suicidio adolescente como una de las principales causas de muerte, según el Observatorio del Desarrollo Humano y Vulnerabilidad de la Universidad Austral. En todo el territorio, los organismos que protegen a la infancia trabajan con recursos mínimos, personal precarizado y sin respaldo. Aumentan de manera exponencial las consultas en el sistema de protección integral  y en hospitales por la salud mental de niños y niñas cada vez más pequeños. En Misiones, una provincia del NEA, ONGs y equipos sanitarios documentaron que niños de comunidades indígenas inhalan combustible para engañar el hambre y el futuro. Allí, como en tantas provincias, los equipos dan batalla día a día para restituir derechos arrasados por la negligencia, la violencia, el hambre y la pobreza estructural. Pero sobre todo, por la indolencia del Estado. En este contexto, la Bicameral tenía la obligación de fortalecer una institución clave. Eligió degradarla. Eligieron a militantes políticos cuya experiencia en infancia es insuficiente. Nos hemos acostumbrado a que organismos de esta magnitud sean conducidos por militantes de turno. Esa costumbre expresa una resignación social y política que naturaliza lo que debería escandalizar. Convertir cargos públicos en botín degrada las instituciones y profundiza la desconfianza colectiva. Y cuando

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AMIGA: Observatorio y plataforma.

Presentación de AMIGA: Observatorio y Plataforma Multimedia para la Protección y Defensa de los Derechos de Mujeres, Género e Infancias La Asociación Civil Aralma lanza AMIGA, un observatorio y plataforma multimedia, para enfrentar las crecientes cifras de violencia contra mujeres, género e infancias. Este proyecto busca transformar la comunicación y comprensión de las realidades de estas comunidades, ofreciendo recursos accesibles e inclusivos. La Realidad de la Violencia:   En 2023, más de 4,000 feminicidios fueron registrados en Latinoamérica, con una mujer asesinada cada dos horas. Además, uno de cada cuatro niños y niñas en América Latina ha sufrido algún tipo de violencia física, sexual o emocional antes de cumplir los 18 años. En los últimos 12 meses, 82 millones de niñas y 69 millones de niños han sufrido algún tipo de violencia sexual, aproximadamente 3 niñas y 2 niños por segundo. Se estima que 1 de cada 5 niñas y 1 de cada 7 niños experimentarán alguna forma de violencia sexual antes de cumplir 18 años. La Función del Observatorio y Plataforma AMIGA: AMIGA nace debido a la gravedad de estas realidades y la necesidad de enfrentar la creciente amenaza contra los derechos de las infancias, diversidades y género. El observatorio tiene como objetivo transformar el dolor de los sobrevivientes en datos y herramientas que puedan informar y sensibilizar a la sociedad. La Infancia en el Centro: Desde sus inicios, en 2003, hemos colocado a “La Infancia en el Centro”, entendiendo que cualquier transformación social debe partir de la protección y defensa de los derechos de los niños y niñas. La cultura de la violencia patriarcal y machista comienza desde la infancia, desde la asignación de roles de género que limitan las oportunidades y perpetúan patrones de abuso. AMIGA, en este sentido, no solo busca visibilizar las problemáticas, sino también proporcionar datos confiables, recursos prácticos y capacitaciones que favorezcan un cambio real, orientado a la implementación de políticas públicas informadas y efectivas para prevenir y erradicar la violencia desde sus primeras manifestaciones.  

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Las mujeres en la industria de los videojuegos: victorias y retos

Por Laura Santos A Cecilia Duarte le sorprendió cuando unos posibles sponsors le pidió su perfil de Instagram en lugar de evaluar sus habilidades como relatora de videojuegos. “Terminaron diciéndome: ‘bueno, lo siento mucho, pero no sos el perfil’. O sea, ¿cuántos kilos me sobran para ser el perfil?”, relata con una risa irónica.  Cecilia, mejor conocida en el ambiente del gaming como Lady Mufa, es una de las pioneras en el universo de los esports de Argentina. Es comunicadora, caster, streamer y productora de eventos. La anécdota que contó es solo un reflejo de cómo las mujeres siguen enfrentando expectativas estéticas y discriminación en un ámbito que, durante años, ha sido dominado por hombres: el de los videojuegos. Las mujeres en el entorno gamer El mundo gamer, aunque esté lleno de desafíos para las mujeres, está lejos de ser un espacio en el que ellas no participan. Reflejo de lo anterior es Constanza Garcías, product manager para empresas de animación. Además de desarrollarse laboralmente en ese mundo, también es jugadora y le gustan las historias con narrativas profundas como Life is Strange. A pesar de los avances, la discriminación persiste en múltiples formas. Un estudio de Reach3 señala que el 77% de las mujeres jugadoras ha lidiado con prejuicios relacionados con su género y un 50% utiliza identidades masculinas o neutras para evitar el acoso en línea.  Este último fue el caso de Cecilia, la relatora de videojuegos, quien al principio jugaba bajo un nombre masculino sin siquiera cuestionarlo.  “Lo tenía tan naturalizado que jamás me lo cuestioné”, dice. Sin embargo, hace tres años decidió adoptar su alias actual: Lady Mufa. Los retos de un mundo masculinizado El acoso y los prejuicios son una realidad que enfrentan las mujeres tanto jugadoras como profesionales que quieren desarrollarse en la industria de los videojuegos.  Una prueba de ello es que hay muy pocas ligas profesionales de jugadoras. Al igual que en los deportes tradicionales, los jugadores de videojuegos compiten en torneos de alto nivel, representando a equipos y organizaciones, y luchando por premios millonarios Es por eso que Lady Mufa organizó la Liga Valkyria —la primera liga femenina de League of Legends en la región. Cecilia destacó que actualmente las jugadoras se encuentran con entrenadores que no las aceptan por considerar que “distraen” a sus compañeros de equipo. Este tipo de barreras demuestra que, aunque las mujeres están presentes en el mundo de los videojuegos, aún queda un largo camino por recorrer para lograr la equidad. Ellas son discriminadas Martina Santoro, que trabaja en Epic Games y expresidenta de ADVA (Asociación de Desarrolladores de Videojuegos Argentinos), recuerda otro episodio emblemático de discriminación. En 2018, la coreana Kim Se-yeon, más conocida como “Geguri”, se convirtió en la primera mujer en competir en la Liga Overwatch. Destacó por mantener un rango de victorias mayor al 80%. ¿Qué fue lo que hicieron las autoridades de la liga? Desconfiaron y la acusaron de hacer trampa, pues no creían que una mujer tuviera tan buen rendimiento. Por eso fue obligada a jugar durante más de una horan en un entorno controlado por cámaras.  “Ya al final jugaba llorando, diciendo: ‘A ningún campeón jamás le hicieron esto’. O sea, un tipo gana una vez y ya le ponen la corona”, cuenta Martina. El origen Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo aporta una explicación histórica a esta disparidad de género en el mundo gamer, señalando cómo las primeras consolas fueron adquiridas mayormente por hombres, quienes tomaron control del entretenimiento digital desde sus inicios.  A pesar de esto, el acceso a tecnologías más asequibles y la masificación de las plataformas de videojuegos ha permitido que las mujeres retomen su espacio, no solo como jugadoras, sino también como desarrolladoras. Aún así, los desafíos persisten.  Según datos del Observatorio de la Industria Argentina de Videojuegos, solo el 13% de los empleos en esta industria en el país están ocupados por mujeres, y apenas el 6% de ellas llegan a cargos gerenciales.  A esto se suma que solo el 1% de los empleados en la industria pertenece a la comunidad trans o no binaria, lo que resalta la necesidad de una mayor inclusión. Cecilia, Martina y Constanza representan el creciente número de mujeres que están transformando el mundo de los videojuegos desde adentro.  Los desafíos persisten, pero el camino está trazado. En palabras de Martina Santoro: “Nunca como ahora había sido tan fácil desarrollar videojuegos… Solo es cosa de que las chicas se animen”.

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