Cristina ante la memoria
[Reseña del libro El invencible verano de Liliana] Por Laura Santos Terminé de leer El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, acostada en mi cama, debajo de una manta, con el brazo izquierdo entumido porque mi gato me abrazaba. Ay, Dios, qué libro tan triste dije en voz alta. A Liliana la mató un hombre que no quiso que viviera sin él. Treinta años después, Cristina, su hermana, decide investigar qué pasó. Viaja a la Ciudad de México para reconstruir la historia de Liliana, como si intentara impedir el asesinato. No estoy exagerando: es un libro que deberíamos leer todas las personas. El patriarcado mata. Nos mata a nosotras. Cada diez minutos, una mujer es asesinada por su pareja u otro miembro de la familia. Al terminarlo me quedó clara una cosa: la única diferencia entre Liliana y yo, entre Liliana y tú, es que no nos hemos encontrado con un asesino. Este no es un libro que pueda leerse como cualquier otro: es memoria, es duelo. Rivera Garza convoca a un acto íntimo y doloroso, pero también profundamente político. Poner a la víctima en el centro es una forma de resistir, una manera de disputar la narración que históricamente se les arrebató a las mujeres asesinadas. Al narrar la violencia de género, es habitual que el foco se desvíe hacia el agresor. Los violentos son figuras tan atractivas que parecen reclamar el centro de la escena. Cristina no cede a esa tentación. Se detiene en Liliana. La humaniza. Restituye lo que la violencia intentó borrar En la historia, lo primero que hace Cristina es buscar el expediente de su hermana, perdido entre estantes y trámites que nunca parecen llegar a nada. Ese camino la lleva a la indiferencia de los servidores públicos, a oficinas que desalientan, a la revictimización institucional que tantas familias conocen. En una segunda parte, abre las cajas de Liliana. Lee cartas, diarios, apuntes. Habla con amigas y amigos que todavía la recuerdan. Esta mujer asesinada va tomando cuerpo a través del recuerdo. Uno de los méritos más hondos del libro es su exploración del lenguaje. Rivera Garza analiza cómo en 1990 no existían las palabras necesarias para nombrar lo que había pasado. No existía “feminicidio”, ese concepto usado en México que hoy señala el asesinato de una mujer por razones de género y que permite reconocer la dimensión estructural de la violencia. Sin ese lenguaje, dice Cristina, la denuncia se fragmenta y la resistencia se vuelve más difícil. El duelo también ocupa un lugar crucial. Cristina ha dicho muchas veces que no cree que la literatura sea terapéutica, pero admite que escribir le permite compartir su dolor. No es una sanación, pero sí una forma de acompañamiento. A pesar de la tristeza que atraviesa toda la obra, hay un pulso de esperanza en el mensaje. Yo no pude apropiarlo. No después de leer las cifras locales. Hasta septiembre de 2025, el observatorio “Ahora que sí nos ven” registró 178 femicidios en Argentina. El 15 % de las víctimas había denunciado previamente. Rivera Garza, en el libro, se aferra a una frase que repite como un conjuro: “lo vamos a tumbar, al patriarcado lo vamos a tumbar”. ¿Lo vamos a tumbar?
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