En este espacio reunimos los relatos y expresiones artísticas enviados por sobrevivientes de violencia sexual padecida la infancia y la adolescencia. Son testimonios cuidadosamente resguardados, compartidos desde la valentía, la necesidad de verdad y el derecho a ser escuchados.
Cada texto y cada imagen expresan procesos singulares de dolor, memoria, resistencia y búsqueda de recuperación. Publicarlos es una forma de romper el silencio, ampliar la conciencia social y fortalecer la prevención.
Agradecemos profundamente a quienes confían en Aralma para poner en palabras y en arte lo que durante años fue callado. Aquí, sus voces tienen un lugar digno, protegido y necesario.
Todos los derechos reservados.
Los relatos y las ilustraciones que los acompañan —realizadas por Luz del Alma, ilustradora y sobreviviente— están protegidos por la normativa vigente en materia de derechos de autor.
Queda prohibida su reproducción total o parcial, difusión o adaptación sin la autorización expresa de Aralma Asociación Civil y de sus autores/as. Este resguardo protege no solo las obras, sino también la identidad, la integridad y la dignidad de quienes confiaron sus testimonios para ser compartidos en este espacio
Relatos y testimonios de Sobrevivientes
Dieciocho
Tenía 18. Pero ya había soportado todas las ausencias que pudieran caber a esa edad. Ya me habían vulnerado en nombre del cuidado. Ya me habían dicho que harían todo para evitar que me golpease contra la pared.
Se regía por una rara lógica. El sabía que afuera me podían pasar otras cosas. Lo supe leer a tiempo, pero también sabía que no podía contar nada porque la catástrofe se sentiría peor. Había muchos otros ahí afuera que cazaban el riesgo social y salían al ruedo. Unos te hacían sentir que era interesante hablarte y siempre había un otro que cuidaba. Pero ese también vulneraba.
No quería que cayera la tardecita. No quería quedarme sola. Sabía que otra vez alguien en nombre de no sé que, me violentaría. Era una charla, un baile, una enseñanza de manejo. Era tango y era noche. Era soledad. Aún sabiendo que algo no estaba bien, permanecía. Y algún otro empezó a estar.
Pasó el tiempo. Llovía. Y dentro de ese auto me sentí totalmente sola y desgarrada. Sus manos circulando me daban escalofríos. Estaba congelada. Me dijo que podíamos dejar de ser lo que éramos. Yo tenía un libro. Un reglamento. Lo aferré entre mis manos y me sostuvo hasta que pude correr. Pedí ayuda. Salí. Desaparecí. Me acompañaron.
Y al otro día tuve que volver como si nada hubiera pasado. Porque era conocido. Porque había jerarquía. Porque no podía no volver. Aunque ya no era lo mismo.
No sé cuántas veces pasaron esos momentos de incomodidad. No puedo contarlos en meses o en días. Solo que eran feos. Un día su alguien cercano me preguntó si fue verdad. Dije que si. Me dijeron que era chica y que podía haber pedido ayuda. Le dije que hice lo que pude. Y no me hubiera imaginado haciendo otra cosa. De solo fabular el haber pedido ayuda adentro de mí hogar, se hubiera desatado el caos. Y para caos, estaba mí corta vida.
Moraleja: si quieres cuidar a un hijo, nunca le digas que harías lo que fuera necesario, aún en sentido figurado. El miedo a que el caos se desate es peor que aguantar la tormenta en silencio.
Laura, 43
LA SIESTA
Odio la siesta.
Odio la siesta porque mamá se va trabajar, y él se queda. Él se queda porque está sin trabajo. Y se va a dormir. Y cuando se despierta me llama.
Me pide que le acerque una taza de café. Cuando voy, me toma de la mano. Siento sus manos en mi cuerpo. Siento su cuerpo pesado apretado contra el mío.
Quiero gritar. Quiero huir, pero me quedo paralizada. Mi cuerpo es de piedra. No puedo hacer nada. Siento asco, miedo, terror y quisiera correr, correr y correr. Pero no puedo. Me quedo ahí, a su merced, hasta que él se siente satisfecho. Entonces me suelta, no sin antes recordarme que es nuestro secreto.
Corro escaleras abajo, intento respirar. Me falta el aire. Abrazo mis piernas y lloro
Después lo veo venir, como si nada… recibir a mamá con un beso, reírse…Y nadie se da cuenta de que yo estoy rota. Rota por dentro, destruida y nadie, nadie lo nota.
LS, 74 años
Me crié con mis abuelos, iba de visita a casa de mis progenitores los fines de semana. Recuerdo siempre sentir rechazo hacia él. Al llegar a la preadolescencia me di cuenta por qué. Sufrí abuso sexual desde que tengo memoria. Pero hubo un hecho que me dió claridad, la primera vez que me realizó sexo oral. Estábamos mis hermanos y yo solos con él. Yo entré al baño y cuando salí, me pidió que subiera la pierna a un banquito de madera, y ahí sentí que toda mi inocencia fue robada. Las cosas se intensificaron. No perdía oportunidad para tocarme, para hacer que yo lo toque a él. Era una nena que no sabía siquiera que los genitales de los adultos tenían pelos, esa sensación de tocarlo y sentir sus vellos púbicos me ha dado nauseas mucho tiempo.
A mis 12 años me di cuenta que también abusaba de una de mis hermanas. Ella tenía 6 años y me contó todo lo que sufría día a día (convivía con él). Hablé con mi mamá, ellos se separan, lo denuncia y jamás quedó detenido. Lo mío siempre lo negué, la vergüenza que sentía era enorme, y también el miedo, miedo a que le pase algo a mis abuelos maternos (los que me criaron), sentía que se iban a morir de tristeza, miedo a que le haga lo mismo a todos mis hermanos, miedo a que nos mate.
A mis 22 años enfrenté mis miedos y lo denuncié. A los dos años fue detenido. Estaba en la cocina de mi casa con mi pareja y por las ventanas entró el estribillo de una bella canción: “tarda en llegar, y al final, al final, hay recompensa”. En ese momento me llegó un mensaje de un oficial de la DDI, informandome que lo habían detenido. A los pocos días me hice un tatuaje muy significativo para mí: me tatué la frase “soy libre hasta morir”. Es una frase de una canción de Airbag, la música me salvó muchas veces. Cuando esta banda lanzó uno de sus primeros shows, le pedí la entrada a mi progenitor y él me dijo que la compraba solo si hacía con él “lo que hacían los grandes” y ahí me mostró por primera vez revistas pornograficas. No fui a ver a mi banda de rock a mis 12 años, pero la primera vez que los ví fue con mi pareja, estando embarazada, habiéndome pagado yo sola las entradas para una primera fila en el Gran Rex.
Mi historia tuvo un final feliz, se hizo justicia. Él fue condenado a 15 años de prisión por abuso sexual gravemente ultrajante y corrupción de menores. Volví a verlo después de muchos años en el juicio, pero los roles estaban invertidos, los ojos de miedo, eran los suyos. Desde marzo de 2016 estaba preso, con prisión preventiva.
En diciembre de 2018 fue condenado. Muy a mi pesar, mi hermana no quiso denunciarlo, no pidió reabrir su causa, pero sí declaró en mi juicio.
La justicia existe, pero lamentablemente depende de los profesionales que te cruces en el camino. Todo mi proceso fue llevado a cabo de manera pública y gratuita. Tuve la suerte de cruzarme con una fiscal increíble, Victoria, ella fue mi victoria, le estoy eternamente agradecida.
Mi mensaje para las víctimas de abuso sexual es que nunca están solos/as, nunca. Siempre hay alguien que los va a acompañar, ya sea un amigo, un familiar, un docente, un vecino o quizás un desconocido, cómo yo, por ej. Brindo mi contacto para quién lo desee.
El dolor pesa menos cuando lo podemos compartir con alguien. Los abrazo fuerte. Ojalá algún día tomen el coraje que se necesita para poder denunciar, y si deciden no hacerlo, está bien también, pero exteriorizan las cosas, cuando puedan, nadie los corre, yo les creo.
Los miedos engañan el alma, salí a luchar por tu libertad.
Noelia, 32 años
Crecí en Ciudadela, Buenos Aires, como la hija número 4 de once hermanos. Adolfo y Ana, mis progenitores, eran considerados por muchos “buenos padres”, especialmente ella. Ana era una “madre responsable, cristiana, luchadora, sometida, amorosa y trabajadora”, siempre preocupada por ser solidaria. Adolfo también tenía su fama de “padre responsable, trabajador y buen cristiano”, pero Ana lo retrataba como un hombre controlador, violento e irresponsable.
Como mencioné, somos once hermanos. Esteban, el mayor, era el encargado de golpear y amenazar a los demás. Ana sabía de todo esto, pero en vez de solucionar, usaba ese miedo para amenazarnos cuando quería algo. Adolfo iba a trabajar, se acostaba a dormir, jugaba videojuegos y luego volvía a trabajar. Así eran sus días de “padre”. Ana, por su parte, se ausentaba todo el día: a veces iba a la iglesia, otras limpiaba casas o tomaba mate con su amiga. En ocasiones, no volvía hasta las 12 de la noche.
Estás noches en las que me encontraba sola con mis hermanos, fui abusada sexualmente. Algunas noches me abusaron con mis progenitores en la casa, se preguntarán si hable.
Sí, lo hice, pero Ana decidió que no se hablaba más del tema y que la vida debía seguir junto al abusador, como si nada hubiera pasado. Después de varios años pensando en denunciar y sin animarme a hacerlo por miedo, imaginando mil escenarios posibles, me senté con Ana para intentar entender qué había sucedido y por qué todo quedó guardado como si nada. Sus respuestas irónicas me impulsaron a hablar.
En julio, logré liberarme un poco de toda la carga que viví siendo niña. Pude contar que MI HERMANO MAYOR ABUSO DE MI. y realicé la denuncia en la UFI N°14 de San Martín, Buenos Aires, Argentina.
Tengo mil sentimientos encontrados, mil pensamientos en la cabeza. Paso de llorar a darme ánimo porque, al fin, logré hablar. Es un alivio inexplicable. Desde ahora, ya no llevo la mochila de la vergüenza y la culpa; esa mochila no me pertenece, ahora es solo del abusador.
El silencio nunca es una solución. A causa de ese silencio, hoy enfrento una PRESCRIPCIÓN, lo que resulta horrible, triste y frustrante. ES MUY IMPORTANTE HABLAR, APOYAR, ESCUCHAR Y EMPATIZAR cuando alguien comparte su experiencia. Por eso hoy hablo y escribo aquí mi historia, lo que siento y lo que me pasa. No puedo entender por qué se me pide silencio. Cuando era menor y conté bajo presión que había sido víctima, tuve mucho miedo y le dije a mi progenitor: “Ya está, deja…” Pero yo era una niña de 13 años, ¿cómo podía decidir ante semejante situación?
Mi adulto responsable eligió el silencio, el secreto, diciendo: “De esto ni una palabra a nadie, menos a tu papá”. No recibí un abrazo, ni siquiera sabe cuántas veces fui víctima de abuso, porque no existió la empatía, el amor ni la protección. Hoy, como madre, me hago millones de preguntas y tengo muchos miedos. Estoy en terapia para entenderme, aprender y modificar cosas.
ES MUY IMPORTANTE HABLAR Y DENUNCIAR. LA PRESCRIPCIÓN ES DOLOROSA, PERO NO HAY QUE BAJAR LOS BRAZOS Y BUSCAR QUE LA INVESTIGACIÓN SE LLEVE A CABO. DESEO QUE ESTO CAMBIE; LAS VÍCTIMAS HABLAMOS CUANDO PODEMOS.
SIGO BUSCANDO QUE SE INVESTIGUE Y QUE LA VERDAD SE SEPA.
Lola, 37 años
Nadie nos dice cuándo nos encontraremos con personas nuevas o usadas. No hay un manual que explique quiénes son, si están desgastadas o si sus ojos llevan lágrimas de recuerdos perdidos. Estas personas, muchas veces, han sido abandonadas, dejadas en un rincón del olvido, como si no valieran nada. Nos enfrentamos a vidas marcadas por el dolor, recuerdos de infancias que no fueron felices, donde el amor fue una palabra vacía.
Conocí a una persona usada, un alma que cargaba las cicatrices de haber sido olvidada. Esa persona representa a muchas, quienes, por circunstancias ajenas, han perdido la oportunidad de vivir plenamente. En su vida, no hay espacio para la ternura; solo queda el eco de lo que podría haber sido.
Cuando hablamos de memorias, nos encontramos con palabras hirientes y cuerpos ultrajados. Muchas veces, las infancias no son lo que deberían ser. Crecemos pensando que la vida es cumplir con un rol, ser una buena esposa, madre y mantener un hogar. Se nos enseña a aguantar, a no quejarnos, incluso cuando estamos exhaustas. Esta normalización de la violencia y el sufrimiento se convierte en un ciclo del que es difícil escapar.
Las marcas que deja la infancia son profundas. Una mujer puede no aceptar que fue víctima, porque el recuerdo de su niñez está lleno de dolor, no de alegría. Aunque crezca y enfrente el mundo con valentía, dentro de ella sigue habiendo una niña indefensa. Es en la escritura donde encuentra una forma de rebelarse, un espacio donde puede expresar su dolor sin restricciones. Las palabras pueden ser un refugio, aunque a veces se pierdan en el fuego.
Llevar una carga tan pesada es un desafío diario. Nacemos para soportar el maltrato, y cada golpe se graba en el cuerpo y en la mente. He aprendido a resistir, a sobrevivir, pero la memoria de los abusos sigue presente. Hay recuerdos que no se pueden borrar, huellas que no desaparecen, y cada vez que intento avanzar, esos fantasmas resurgen.
En mi vida, he soportado desgarros y sufrimiento. He enfrentado momentos de dolor que me han dejado marcas físicas y emocionales. La lucha por encontrar la paz y la normalidad se convierte en un ciclo interminable de resistencia. Cuando una mujer vive en constante estado de alerta, sus pasos se vuelven vacilantes, y el mundo se torna un lugar hostil.
La infancia es un tiempo que debería estar lleno de juegos y risas, pero en su lugar, es una condena. Esa niña que fui sigue viva en mí, luchando por ser escuchada, por encontrar su voz en medio del caos. No se trata solo de sobrevivir, sino de aprender a vivir con esas cicatrices y convertir el dolor en una fuente de fuerza.
La lucha no termina; cada día es un recordatorio de lo que he soportado. He encontrado refugio en los animales, en la naturaleza, y en la posibilidad de ayudar a otros. Quiero ser el bastón que necesitaba de niña, la guía para aquellos que atraviesan el mismo dolor. Aunque mis cimientos son frágiles, estoy decidida a reforzarlos para que no se derrumben.
No es fácil, y muchas veces, el camino se siente abrumador. Pero cada lágrima derramada y cada momento de frustración son parte de este viaje. Estoy aprendiendo a soltar el pasado y a encontrar la belleza en lo cotidiano. Al final, se trata de sobrevivir y de aprender a vivir con dignidad. Trato de que todo fluya, de que las memorias no me consuman, y de recordar que la vida, a pesar de sus cruces, aún puede ofrecerme oportunidades de felicidad.
En mi viaje, me esfuerzo por ser feliz nuevamente, por recuperar lo perdido. Acepto mis cicatrices como parte de mí, y en esa aceptación encuentro una forma de libertad. Aunque el pasado no se puede cambiar, el futuro está lleno de posibilidades.
Silvana, 33 años
Cuando la que abusa es la madre.
Yo tendría 12 años; era más bien alta, flaca, negrita. La cola y la nariz se me estaban desarrollando, aumentando mucho su tamaño.
Era el mediodía. Estaba parada frente al aparador, sacando los vasos para poner la mesa. Tenía puesta una pollera roja, corta. Hacía calor.
De pronto, sentí una especie de cosquilla caliente entre mis piernas. Me asusté. Me quedé quieta, dura. Esa cosquilla era algo nuevo, ¿de placer?, desconocida.
Me di vuelta. Estaba mi madre, que me miró de costado, entornando los ojos. Arqueó un poco las cejas, como diciendo quizás: “ahora ya sabés”. … Y sonrió con los labios apretados. No dijo nada. Ni ella ni yo.
Ahí se selló el pacto de silencio.
Nunca lo conté, hasta ahora, que ya tengo sesenta y seis años. Hoy, aquella sonrisa me resulta maligna.
Me quedé parada, mirándola, sin entender lo que había pasado. Supongo que habré terminado de poner la mesa…. Y comimos juntos: Mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Con el televisor. Yo, sentada al lado de mi madre. Ella sirvió la comida. ¿Qué habré pensado?
Supe, tiempo después, que aquélla cosquilla caliente –mi primera excitación- había sido provocada por los dedos de mi madre: introdujo su mano bajo mi pollera, y los deslizó suave y diestramente por mi vulva.
Fui testigo, años más tarde, para una Navidad, de cómo se lo hacía a una sobrina como “chiste”.
Me callé. No dije nunca nada. Ni de ese hecho ni de otros que involucraban mi genitalidad. Me creí que si nunca nunca nadie se enteraba, era como si jamás hubiese pasado.
Me enfermé mucho, desde chica, desde bebé. Anemias y descalcificaciones eternas. No quería comer. Y lo que comía, lo vomitaba. Me dieron muchas inyecciones, pastillas.
Cuando murió papá me fui lejos, abruptamente. Sin comprender por qué. Creí que estaba loca. Hoy veo que me daba pánico quedarme a solas con ella.
Me seguí, enfermando cada vez más grave. Tuve depresión. Hice mucha terapia, siempre dando vueltas sobre mi madre: que me hacía esto, lo otro….”Aceptala” me decía la terapeuta. Que me hacía daño a propósito, y había maltratos varios… Ya de niñita le había dicho a mi padre: “mamá es mala, vámonos!”. Él se rió. Yo pensé “sonamos” o algo así. “ Si él no me cree…”
Pero nunca, nunca mencioné lo referido a la genitalidad. La palabra “abuso” jamás se me ocurrió. Y ningún terapeuta me preguntó. Yo me sentaba con las piernas hechas un nudo…pero nadie lo vio.
Busqué, busqué: El origen de mi sufrimiento, mi tristeza eterna, mi depresión. No aparecía.
Además de las terapias psicológicas, recorrí caminos de espiritualidad, de sanación energética, de conciencia corporal. Me dediqué con Alma y Vida. Tuve grandes maestros y maestras. Practiqué mucho lo que me enseñaban, le dedicaba varias horas al día. Tuve disciplina monástica.
Cada enfermedad fue un motor de aprendizaje y superación. Lo mismo cuando nació mi hija, ¡que quedé tan débil!! Aprendí y practiqué tanto porque quería cuidarla. Varias personas me ayudaron. Así pude alzarla, darle el pecho, criarla.
Además de la debilidad crónica, enfermó el cuello de mi útero. Y años después, cáncer de mama. No me extrañó. Sabía que había algo muy mal en lo femenino y el vínculo con mi madre, ¡pero no podía precisar qué!!!
Me sumergí en nuevos caminos de sanación. Profundos, antiguos.
Pero aquél hecho, y otros, tan vergonzosos no emergían. Yo los recordaba, pero los ocultaba en algún rincón de mi mente. Y para mí, no tenían nada que ver con mi tristeza o enfermedades.
Y ningún maestro, médico, terapeuta, instructor se dio cuenta ni se le ocurrió preguntarme.
Aunque mi cuerpo gritaba por todos sus poros.
La develación
Fue hará unos diez años. Mi hija junto a su terapeuta, me llamaron para una sesión vincular. Fue ahí que me dio una carta contándome el abuso que había tenido a sus catorce años a manos de mi ex pareja. No pudo decírmelo. Lo escribió.
Y fue ahí que mi cápsula se rompió y explotó en mi consciencia la realidad: “yo también tuve abuso”, “ y fue mi madre”.
Estuve un mes descompuesta del intestino. No sabía por qué llorar primero. O gritar:
El hombre que amé, abusó de mi hija.
La mujer que debiera haberme amado, abusó de mí.
El Amor, en mi vida, estaba todo mal.
Volví a sumergirme en caminos de sanación. Con las herramientas que ya contaba y explorando a la vez nuevos caminos. La Pacha Mama, mi verdadera Madre, me salvó esta vez, junto a las copleras del Norte, mamachas si las hay. Canté y canté; me arrodillaba ante la boca de la Pacha presentándome como su hija.
Terapeuta se busca
Comenzó mi recorrido buscando terapeuta que tomara el caso. Mi madre ya había muerto, pero en mí se “había reabierto la causa” con el nuevo antiguo hecho en mi consciencia. Sangraba la herida.
Y empezó un calvario. Me dieron respuestas absurdas: “¡Agradecé!, eso te hizo fuerte”, “¿para qué querés hablar ahora?” y otras del estilo
O me atendieron dos sesiones y no quisieron seguir..
Vi el horror en la cara de una ellas que me dijo textualmente: ¡No sabes cómo me toca ésto en el vínculo con mi madre!!
No fue mala suerte. O una racha mala. Es que nombrar el abuso de la madre genera rechazo, un horror explícito o encubierto, incluso en los terapeutas. Como dijo una psicóloga: es ominoso, innombrable.
LA MADRE…. Socialmente sometida, y ensalzada. Sacrosanta figura. Intocable.
En un paquete de azúcar decía “dulce, como la dulzura de mamá”… ¿Claro, cómo va a abusar? No compré ese azúcar.
NUEVOS CAMINOS. Cuerpo y Psiquis
Lo mejor que he encontrado hasta ahora: los pares. Otros sobrevivientes de abuso. Hombres y mujeres. Nos contamos,comprendemos, acuerpamos, acompañamos.
Vamos explorando juntxs los caminos de sanación.
Sigo con mis controles oncológicos. De mama, de útero
También les cuento a esos médicos esta historia y les pregunto: ¿Han cruzado datos entre situaciones de abuso y enfermedades ginecológicas? Parece que hasta ahora no. Les sorprende que les pregunte.
Sé que me enfermé tanto porque la niña que fui no pudo hablar. Esa fue su forma de expresarse.
La mama, el útero hablaron por mí. Había algo muy denso en lo femenino. Ahora que hablo, sé que no necesito enfermarme.
Si algún médico o terapeuta que me trató, me hubiese observado en mi integralidad, no sólo el estudio que llevaba, y hubiera preguntado: ¿vos habrás tenido algún abuso de chica? Alguien te tocó sin que quisieras?…entonces, hubiera sido más fácil hablar y posiblemente me hubiera ahorrado mucho dolor.
Por eso, hago un pedido a los médicos, y terapeutas conscientes: crucen datos de abuso y enfermedades. Consideren al abuso sexual, como un posible causal de enfermedad física, en particular ginecológica, así como lo es el fumar, los antecedentes familiares, etc. De las pacientes mujeres que tienen, una de cuatro habrá tenido abuso.
¡Investiguen por favor! Animense a romper casilleros y crucen datos: cuerpo y psiquis, enfermedad física e historias de abuso
El camino continúa con otrxs y con la NIÑA
Sigo transitando la sanación con mis antiguas herramientas y las nuevas. Ya no soy paciente. Soy haciente. Acompañada ahora de otros sobrevivientes.
A la niña que fui, mi niña, la visualizo en posición fetal, metida en una capsula transparente. Con los ojos muy abiertos mirando todo y con la boca cerrada. Así la veo, depositada en el fondo del mar. La oculté para protegerla
Sigo buscando terapeuta que me ayude a rescatarla.
No quiero que nadie me baje línea. ¿Porque quién lo sabe? ¿Quién estudió cómo se resuelve esto? cuando la que te abusa es tu madre, la que te parió.
Tampoco yo sé. Pero, al menos lo viví. Tengo la experiencia. Por eso, prefiero que un terapeuta me haga buenas preguntas a que me dé respuestas que no son mías.
Me gustaría, sí, que me ayuden a que aquella niña pueda expresarse , que pueda decir ahora lo que no pudo antes. A encontrar un canal de contacto y comunicación. Y entonces, escucharla. Y abrazarla, si ella quiere.
Quizás ella sí pueda decirme cómo se resuelve, cómo se sana.
Por mí, por mis descendientes, mis ancestros, y por toda esta sociedad.
Dejo una copla que brotó de mí hace un tiempo:
Busca a la niña que mora,
Albergada en tus adentros,
Trátala como tesoro
Que ella te guíe en el Tiempo.
Maria, 67 años
Federico Zavattaro es sobreviviente de abuso sexual en una escuela de Colegiales, Buenos Aires. Su relato expone un entramado de abuso sexual institucional y sistemático, ejercido por un docente que luego ocupó cargos públicos y fue detenido en 2024, acusado de abusar de al menos siete alumnos. Episodio 1.
Contraluz es un archivo vivo creado por Aralma junto a Wukong Films. Un espacio para resguardar y difundir testimonios de distintas regiones que desafían la cultura del silencio y nos convocan a construir cuidados, igualdad y justicia.
Episodio 2
En este segundo episodio, Federico Zavattaro, sobreviviente de violencia sexual institucional en una renombrada Escuela de la Ciudad de Buenos Aires, da un paso más en su relato: nombra a su agresor, Javier Goldschtein Casariego, y reconstruye los silencios, las demoras y las marcas que deja la impunidad. Habla del trauma y de su persistencia en el tiempo. De cómo los backlash —esas irrupciones súbitas de los recuerdos— lo enfrentan una y otra vez con un dolor que no cesa. Un dolor que no prescribe. A Federico la justicia le cerró las puertas: le dijeron que su crimen había prescripto porque no denunció “a tiempo” y solo le ofrecieron un juicio por la verdad, ese falso consuelo que no repara ni sanciona. Su testimonio revela el vacío que deja un sistema judicial que todavía no comprende los tiempos del trauma. Por eso, su voz —como la de tantas otras— nos recuerda que los delitos de violencia sexual contra la infancia no deben prescribir y que el país necesita Comisiones de la Verdad que develen, reconozcan, reparen y garanticen que estos crímenes no se repitan.
Me encontraba cursando el 7mo grado en una escuela bastante lejos de mi casa, pero cerca del trabajo de mi madre. No conocía a nadie, y la cultura y maneras de relacionarse era muy distinta a mi barrio. Tenía 12 años.
Los adolescentes varones jugaban a encerrarme en el aula y en un rincón a tocarme, a quebrarme, a despreciarme por ser (según ellos) de una zona de La Habana mejor favorecida, hasta que con suerte llegaba algún profesor y nadie le hacía mucho caso a lo sucedido.
Las clases eran solamente en la tarde, se terminaban de noche en el horario de invierno y me aterraba salir de la escuela. Ellos estaban esperando afuera, para gritar, tirar chícharos, seguir violentando.
Yo descubrí una ventana trasera, que siempre estaba abierta y podía salir por ahí y daba a un parque, una quinta, “La quinta de Los Molinos”, atravesándola llegaba hasta la parada del bus y me proporcionaba una salida segura, escapando de las pequeñas bestias.
Uno de los días, estaba especialmente oscuro, tan oscuro que no recuerdo mucho. Salté la ventana, y percibí dos hombres cerca, me asusté y me corrieron atrás. Me lanzaron al suelo y durante 37 años creía que había escapado de aquella violencia. Salí con el uniforme desgarrado, sin ningún botón en la camisa y un mundo más oscuro. Con la llegada del climaterio, me vino el recuerdo terrible de que hubo penetración, boca tapada, el cuerpo y la cara contra el césped, contra la tierra fría y blanda.
Claudia, 50 años
Somos 5 hermanos, hoy todos sexagenarios. Teníamos entre 14 años el mayor, Ge…y 8 el menor, Ga…Yo el tercero, tenía 11 y nuestra única hermana Di…10 años.
Ocurrió durante unas vacaciones en Córdoba, en un pueblito donde veraneábamos. Mis padres no estaban y quedamos con mis abuelos. Cerca de la casa había un bosquecito cerrado donde solíamos jugar .
Ge, el mayor propuso un día un especie de ritual. Según recuerdo ,todos teníamos que desnudarnos y “tener sexo” con cada uno de los otros . Empezaba uno/a acostado boca abajo sobre alguna lona, supongo, y cada uno de los otros se acostaba sobre ese con su órgano sexual sobre la cola del otro durante una cuenta de 10. Parecía un ritual exitante y así estábamos. Ge. decidió que la primera fuese mi hermana. Cada uno de los varones pasamos y nos acostamos sobre ella. El último fue él, y se tomó más tiempo del acordado. Terminado esto dijo que por ese día no seguíamos porque se había hecho la hora de almorzar.
Siguió proponiendo el juego con cada uno de los hermanos durante la siesta, con un intercambio uno a uno. Conmigo lo hizo una vez y me generó mucha bronca con él. Me sentí abusado aún sin penetración. Sé que siguió su jueguito con alguno de mis hermanos pero especialmente con mi hermana, a la que continuó abusando en Bs. As. por varios meses o un año. Una vez lo encaré pero se río de mi preocupación.
El hecho permaneció silenciado siempre. Mis padres nunca intervinieron o no se enteraron….Mi hermana tuvo en su juventud un simulacro de suicidio que derivó en unas sesiones de terapia familiar, pero el tema nunca apareció. Mi padre se oponía a éstas y no seguimos con la terapia.
Logré hablarlo con mi hermana, ya de adultos pasados los cincuenta años, pero no quiso profundizar el tema, porque le daba mucha vergüenza. También intenté hablarlo con mi hermano mayor pero lo desconoció absolutamente. Finalmente lo manifesté en un mail a todos mis hermanos y la consecuencia fue que todos se enojaron conmigo. Pasaron años en los que casi ninguno me habló y al día de hoy 7 u 8 años después, tanto con mi hermano mayor Ge, y con mi hermana la comunicación está absolutamente cortada.
El hecho relatado ha tenido consecuencias importantes en nuestras vidas, en particular en la de mi hermana Di…, y en mi caso me ha llevado muchos años de terapias varias procesarlo.
Germán
No pudo vencerme, porque no estaba sola.
Y hoy me siento libre de las ataduras de esa experiencia
Casi todas las secuelas se borraron con los años y el proceso de la vida
Algunas, persistentes, sé que están,
aunque no hasta dónde llegan,
o si han de desaparecer o transformarse.
También veo el mismo dolor y sus cadenas en personas que quiero
Y para ellos escribo esto
Para decirles que cuenten conmigo,
para ayudarles a derribar ese muro de dolor
Y también para pedirles que si ven el muro aún en mí,
me lo hagan saber, de la forma que les sea posible.
Lizia, Chaco.
Juan José, Santa Fé.
Tenia 45 años y tres hijos, cuando perdió a su madre. Hubo tiempo de verse para terminar algo que no había cerrado aún. Visitó al ginecólogo para solucionar su sangrado, aquel que la sorprendía cada día, en todo momento.
Ante la pregunta de rutina sobre el inicio de actividad sexual, repreguntó:
Queriendo sin querer?
El médico levantó la mirada del formulario y dijo no entender. Le habilitó la palabra “ Queriendo, a los 15, y sin querer a los 6”…
Allí se rompió una barrera entre médico y paciente, entre mentira o verdad. Una mirada comprensiva respondió a otra que buscaba confianza. “Ahora comprendo, no digas más. Extirparemos tu útero que está semejante al de una mujer con decenas de partos…terminarán tus pérdidas “.
Él no sabía que con ello cerraba un doloroso proceso de casi cuarenta años, incluyendo pérdidas, vergüenzas y secretos pesados. Se realizó la cirugía. Quedó una cicatriz similar a una cesárea, un testimonio de nacimiento casi… Fue el comienzo la otra mitad de su vida. Enterró definitivamente todo vestigio del aberrante hecho vivido por esa niña desde sus seis años. Esta mujer se puso de pié y dedicó su tiempo en aprender y ayudar a otros a salir de esos tenebrosos territorios del secreto, el silencio y la vergüenza implantada.
¡Fue libre! Decidió que seguiría luchando por la libertad de sus pares, niños , niñas y adolescentes vulnerados. Lo haría visibilizando, previniendo y poniéndo su cuerpo y su voz de manera positiva.
Rosana

