El artículo aborda cómo la exposición excesiva a las pantallas en la infancia suele ser usada por los adultos como una vía rápida para calmar berrinches o aliviar el cansancio. Sin embargo, este hábito interrumpe procesos emocionales clave, ya que la pantalla actúa como un contenedor falso que no resuelve el malestar del niño. Basándose en los estudios sobre salud mental infantil del psicólogo René Spitz, la autora explica que cuando la angustia o la agresión de un pequeño no encuentran respuesta en un adulto presente, esa energía termina volcándose contra su propio cuerpo mediante alteraciones del sueño, la alimentación o conductas autolesivas. En conclusión, el texto advierte que no alcanza con restringir los dispositivos: resulta fundamental restablecer el vínculo y la presencia adulta para contener de forma saludable el desarrollo emocional de los niños.

