Arte para prevenir la violencia sexual: conocé los relatos y dibujos de la convocatoria 2025
En este espacio reunimos los relatos y expresiones artísticas enviados por sobrevivientes de violencia sexual padecida la infancia y la adolescencia. Son testimonios cuidadosamente resguardados, compartidos desde la valentía, la necesidad de verdad y el derecho a ser escuchados. Cada texto y cada imagen expresan procesos singulares de dolor, memoria, resistencia y búsqueda de recuperación. Publicarlos es una forma de romper el silencio, ampliar la conciencia social y fortalecer la prevención. Agradecemos profundamente a quienes confían en Aralma para poner en palabras y en arte lo que durante años fue callado. Aquí, sus voces tienen un lugar digno, protegido y necesario. Todos los derechos reservados. Los relatos y las ilustraciones que los acompañan —realizadas por Luz del Alma, ilustradora y sobreviviente— están protegidos por la normativa vigente en materia de derechos de autor.Queda prohibida su reproducción total o parcial, difusión o adaptación sin la autorización expresa de Aralma Asociación Civil y de sus autores/as. Este resguardo protege no solo las obras, sino también la identidad, la integridad y la dignidad de quienes confiaron sus testimonios para ser compartidos en este espacio Relatos y testimonios de Sobrevivientes Dieciocho Tenía 18. Pero ya había soportado todas las ausencias que pudieran caber a esa edad. Ya me habían vulnerado en nombre del cuidado. Ya me habían dicho que harían todo para evitar que me golpease contra la pared. Se regía por una rara lógica. El sabía que afuera me podían pasar otras cosas. Lo supe leer a tiempo, pero también sabía que no podía contar nada porque la catástrofe se sentiría peor. Había muchos otros ahí afuera que cazaban el riesgo social y salían al ruedo. Unos te hacían sentir que era interesante hablarte y siempre había un otro que cuidaba. Pero ese también vulneraba. No quería que cayera la tardecita. No quería quedarme sola. Sabía que otra vez alguien en nombre de no sé que, me violentaría. Era una charla, un baile, una enseñanza de manejo. Era tango y era noche. Era soledad. Aún sabiendo que algo no estaba bien, permanecía. Y algún otro empezó a estar. Pasó el tiempo. Llovía. Y dentro de ese auto me sentí totalmente sola y desgarrada. Sus manos circulando me daban escalofríos. Estaba congelada. Me dijo que podíamos dejar de ser lo que éramos. Yo tenía un libro. Un reglamento. Lo aferré entre mis manos y me sostuvo hasta que pude correr. Pedí ayuda. Salí. Desaparecí. Me acompañaron. Y al otro día tuve que volver como si nada hubiera pasado. Porque era conocido. Porque había jerarquía. Porque no podía no volver. Aunque ya no era lo mismo. No sé cuántas veces pasaron esos momentos de incomodidad. No puedo contarlos en meses o en días. Solo que eran feos. Un día su alguien cercano me preguntó si fue verdad. Dije que si. Me dijeron que era chica y que podía haber pedido ayuda. Le dije que hice lo que pude. Y no me hubiera imaginado haciendo otra cosa. De solo fabular el haber pedido ayuda adentro de mí hogar, se hubiera desatado el caos. Y para caos, estaba mí corta vida. Moraleja: si quieres cuidar a un hijo, nunca le digas que harías lo que fuera necesario, aún en sentido figurado. El miedo a que el caos se desate es peor que aguantar la tormenta en silencio. Laura, 43 LA SIESTA Odio la siesta. Odio la siesta porque mamá se va trabajar, y él se queda. Él se queda porque está sin trabajo. Y se va a dormir. Y cuando se despierta me llama. Me pide que le acerque una taza de café. Cuando voy, me toma de la mano. Siento sus manos en mi cuerpo. Siento su cuerpo pesado apretado contra el mío. Quiero gritar. Quiero huir, pero me quedo paralizada. Mi cuerpo es de piedra. No puedo hacer nada. Siento asco, miedo, terror y quisiera correr, correr y correr. Pero no puedo. Me quedo ahí, a su merced, hasta que él se siente satisfecho. Entonces me suelta, no sin antes recordarme que es nuestro secreto. Corro escaleras abajo, intento respirar. Me falta el aire. Abrazo mis piernas y lloro Después lo veo venir, como si nada… recibir a mamá con un beso, reírse…Y nadie se da cuenta de que yo estoy rota. Rota por dentro, destruida y nadie, nadie lo nota. LS, 74 años Me crié con mis abuelos, iba de visita a casa de mis progenitores los fines de semana. Recuerdo siempre sentir rechazo hacia él. Al llegar a la preadolescencia me di cuenta por qué. Sufrí abuso sexual desde que tengo memoria. Pero hubo un hecho que me dió claridad, la primera vez que me realizó sexo oral. Estábamos mis hermanos y yo solos con él. Yo entré al baño y cuando salí, me pidió que subiera la pierna a un banquito de madera, y ahí sentí que toda mi inocencia fue robada. Las cosas se intensificaron. No perdía oportunidad para tocarme, para hacer que yo lo toque a él. Era una nena que no sabía siquiera que los genitales de los adultos tenían pelos, esa sensación de tocarlo y sentir sus vellos púbicos me ha dado nauseas mucho tiempo. A mis 12 años me di cuenta que también abusaba de una de mis hermanas. Ella tenía 6 años y me contó todo lo que sufría día a día (convivía con él). Hablé con mi mamá, ellos se separan, lo denuncia y jamás quedó detenido. Lo mío siempre lo negué, la vergüenza que sentía era enorme, y también el miedo, miedo a que le pase algo a mis abuelos maternos (los que me criaron), sentía que se iban a morir de tristeza, miedo a que le haga lo mismo a todos mis hermanos, miedo a que nos mate. A mis 22 años enfrenté mis miedos y lo denuncié. A los dos años fue detenido. Estaba en la cocina de mi casa con mi pareja y por las ventanas entró el estribillo de una bella canción: “tarda en llegar, y al




